Casa de los Derechos del Hombre

Figura como primer dueño, el capitán  Alonso de Olalla  beneficiario del terreno, en los primeros repartos de tierra de la recién  fundada ciudad durante el siglo XVI; primera construcción en tapia, que sirvió para solar y encomienda,  lo que sugiere la  amplitud del terreno. Para el siglo XVII la  Compañía de Jesús  construyó un conjunto arquitectónico compuesto por la iglesia de San Ignacio levantada en 1618, la plazuela que la enfrenta y la casona que la rodea; son los jesuitas los que definen las características de la construcción  de acuerdo a las necesidades  de la comunidad.

Con la expropiación  de bienes autorizada por el Rey Carlos III en 1767, las autoridades  ocupan los predios  y demás bienes de la Compañía. La casona y sus haberes son utilizados en beneficio público; los libros de la Compañía que allí se encontraron permitieron abrir la Real Biblioteca; la imprenta de la Compañía fue la primera en la Nueva Granada.

Rematada  en 1791  el nuevo propietario fue el médico Luis de Rieux  quien  alquiló uno de los locales  a su amigo Antonio Nariño a manera de estudio; es allí donde se imprimen los Derechos  del Hombre en 1794, con la condena de Nariño y el destierro del dueño de la casa, vino a habitarla  el sacerdote  don Gabriel de Silva hasta el regreso del doctor Rieux,  después del pago de su condena, encuentra que la casa es una agencia  comercial de quina; en   1801 la compra  Pedro Lasso de la Vega.

LA IMPRENTA

En 1793 Nariño trae una  nueva imprenta  y la ubica en este lugar. Esta imprenta  la manejó por encargo de Nariño, Don Diego Espinosa, cuando se la decomisan a Nariño  se la vende a Nicolás Calvo    y este la traslada a la calle de los carneros, pero en la calle de San Carlos sigue funcionando la imprenta real hasta 1800.”

MONO DE LA PILA Y LA PLAZUELA DE SAN CARLOS.

“Con el impuesto a la sisa de la carne, (es decir a la venta del producto), pero no resultó”. Entre otras cosas por la debilidad económica de la mayoría de la población y además, porque la costumbre del momento no obligaba al consumo diario de este alimento; ante esta situación, se “impuso a los pudientes una cuota extraordinaria para levantar una fuente en el centro de la plaza, en el sitio donde se castigaba a los delincuentes, que para el caso se llamaba La Picota. Para l584 la Real Audiencia ofreció el servicio de pajas, es decir, la conducción del agua hasta su casa, deberían pagar una cuota superior” (esta conducción de agua se hacía por medio de cañas), y así se limitaba en las casas ricas  el uso de las aguateras.

Con el apoyo de los sectores pudientes  se construyó una pila que en la cúspide tiene un “mono” que permaneció en la plaza por casi trescientos años, hasta mediados del siglo XIX, cuando se retiró y en cambio, se colocó la estatua del Libertador hecha por Tenerani, de allí  la pila fue colocada en la plaza de San Carlos, hoy de Rufino José Cuervo, más tarde pasó al Museo Nacional y hoy adorna los jardines del Museo Colonial.  Esto informa los documentos del Fondo Mejoras Materiales. Tomo V, fls: 152-156

Pedro  María Ibáñez, autor de las (Crónicas de Bogotá., pp.60) se refiere al mismo monumento así: “El temido Alonso Pérez  de Salazar dejó su nombre en Santafé unido a una mejora material de grande importancia: fue él quien quitó el rollo o picota, del que tanto uso había hecho del centro de la plaza, y colocó allí una fuente pública de piedra, ornamentadas con escudos de armas de España, Santafé y su blasón, coronada con una estatua de San Juan Bautista.

Más adelante afirma” Esta estatua en la que el artista quiso representar una efigie de  San Juan Bautista, fue conocida en Santafé con el nombre de mono de la pila, hoy se conservan las ornamentaciones  y la estatua en el museo Nacional”.

El pié de página aclara que desde 1846 cuando se coloca la estatua de Bolívar en la plaza, se retira la pila que fue “trasladada a la plazuela de San Carlos. En 1890 el gobierno Nacional construyó  allí un Jardín y mejoró la base de la fuente, respetando la columna histórica, que por más de tres siglos había sido ornato de la ciudad. Ese mismo año fue trasladas  la antigua pila al Museo Nacional.”

El rincón fue durante todo el siglo XIX  punto de reunión parroquiana  alrededor del “mono de la pila “, y de actividad económica  con el uso de los locales de la casona y la  presencia de San Ignacio.

En estas casas  vivieron distinguidos personajes al tiempo en que se compartía el lugar con locales comerciales.  Como agencias de trasteo, con venta de esteras (especie de alfombras tejidas en esparto con que se cubría el piso), y con chicherías muy concurridas y ubicadas allí, dando cara al templo de la Compañía, a media cuadra de la plaza con su Catedral y su Capilla del Sagrario, desde donde se tronaba contra la bebida de los muiscas.”

La casa fue propiedad y albergue de prominentes familias de la vida colonial y republicana: los Lasso de la Vega, cuna de intelectuales, de respetados prelados y de políticos destacados en la  construcción de la Nueva República. Para 1833 la casa cambia de dueño y pasa a ser la habitación de otra ilustre familia que aportare grandes beneficios a la nación. Los Arias Vargas, y con el pasar del tiempo la heredad sigue en manos de los Arias Argáez por lo que resta del siglo XIX, hasta mediados del siglo XX, cuando  entra a formar parte  del patrimonio  de la Fundación Universidad de América  que inicialmente la utilizó como sede de la Universidad y actualmente sus instalaciones se han convertido en la  sede del Museo de Trajes Regionales de Colombia, actualmente Museo de Trajes.

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